New York, cuando fuí una heroína

De pequeña la soñaba, la miraba por la TV, sabía que existía y era un sueño. Pero esos sueños que solo asisten grandes héroes y heroínas. Yo ni pensaba en correr.

A los 25 años empecé a correr.

A los 27 años hice mis primeros 21km.

A los 28 años mi primer maratón.

A los 29 años me enteré que al Maratón de Nueva York no asisten solo héroes y heroínas, asisten aproximadamente 50.000 personas, en su mayoría gente común y corriente, como yo. Es decir, existía la posibilidad de asistir. Ese mismo año comienzo a ahorrar y me inscribo a cumplir el sueño.

Ese sueño fue hace tan solo 2 semanas atrás. Hoy lo que me queda son sensaciones: desde el frío, la ansiedad, la emoción y finalmente una alegría inmensa.

Creo que relatar cada kilómetro podría ser realmente algo muy aburrido para un lector. Hasta a mí me aburre leer esas cosas, dejando de lado a Murakami, por supuesto.

Sin embargo, estuve corriendo 42 kilómetros (con 5 horas de previa) y mi cabeza lo único que hizo fue pensar, analizar el mundo, intentar resolver la historia del planeta, interpretar mis amores y mis desamores, preparo mis instalaciones de arte, imagino mis cuadros, mis costuras, el fondart, mi trabajo ideal, el pololo ideal, etc. Total, lo que sobra es el tiempo. No soy corredora de elite, no soy heroína, es el momento ideal para pensar y soñar.

Sin embargo, hacía bastante frío y muchísimo viento, cosa que me desconcentraba a ratos. Es un maratón que tiene una gran cantidad de espectadores; cada barrio por el que uno atraviesa existe una junta de vecinos apoyando y alentando con muchísimo cariño, a eso se le suman los turistas y el gran equipo de voluntarios. Creo que hay más espectadores que corredores, no sé si es una cifra alentadora, sin embargo, en mis circunstancias de corredora no profesional estaba a mi favor.

Tenía el cuerpo congelado y necesitaba aliento para correr y para concentrarme. Pues mi Papá (que muy bien me conoce), me había enviado un mensaje desde Chile a las 4:30 am que decía «concéntrate Negrita, va a hacer mucho frío». Me fui por el medio de la calle, como caballo concentrada en un punto de fuga que miraba hacia al frente, acompañada de una playlist escogida con pinza, y así todo se transformaba en el panorama ideal (aunque era un poquito frío). Pero pude gozar el espectáculo y cada kilómetro del sueño que desde pequeña deseaba con cumplir y que estaba cumpliendo.

Y así pasaron muchos kilómetros, luchando contra el viento, el frío y sola. Nunca ví un compañero correr. Sí algunos amigos chilenos residentes en NY que estaban alentando ¡Dio muchísima energía!

Fue una maratón solitaria (suena paradójico) muy mía, un regalito para mi alma, para regocijarse un poco.

Sin embargo, es difícil no comparar a la primera maratón. De hecho es imposible.

Y sí, la gran diferencia (aparte de que la primera era en Santiago y esta en Nueva York) fueron los últimos 10 kilómetros. Yo no conocía a lo que la gente llamaba como el muro. Bueno, lo conocí en NY.

Y simple: me faltó mi Papá. El año 2012 mi Papá pedaleó junto a mí los últimos 12 kilómetros y solo tenía permitido decir «vamos negrita, tu puedes negrita». Y acá no estaba, estaba sola. Y sentí el muro. El muro no me gustó, me puso de mal genio, me hizo tropezar en el Central Park, sentí que estaba haciendo una tontera ¡Por qué estaba gastando tanto dinero para correr 42 kilómetros muerta de frío junto a miles de personas que no tenía ganas de saber quiénes eran y en una ciudad tan entretenida que el panorama más aburrido era correr! Y claro, estaba sola. Necesitaba un «vamos negra».

Pero bueno, luego de mi caída en el Central Park (sí, me compré el Central Park), de un par de llantos y decir como niña chica «quiero a mi mamá», caminar 500 metros, aparece la meta de lejos.

Ese es el momento en donde hace sentido la mejor inversión monetaria, Nueva York era el lugar idóneo para correr, y tropezarse en un Maratón era la mejor anécdota para contar y mejor aún si tenía un «puchero de niña chica».

Cruzo la meta, lloro como real magdalena y doy las gracias.

Gracias a mi familia, a mi equipo de running (Run Club) y a Dios por darme piernas sanas.

Me dan mi medalla, que según yo brillaba más que el sol (el día estaba muy nublado, era imposible que brillase tanto), y finalmente sí: me sentí una heroína. Sí, estaba equivocada, la maratón es para heroínas. Y ellos me hicieron sentir así, me transformaron en una. Hoy dejé de serlo, por supuesto y volví a ser la mujer común y corriente que soy.

Nunca he tenido un reloj que cuente los kilómetros, ni gps, ni polar, corro porque me hace bien, me hace sentir sana, me desafía, creo que me ayuda, me hace ver las cosas más simples. Y la grandeza, está en la simpleza. 

Montserrat Brandan

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