Mapocho Río Arriba | Azúúúcar!

El sol parece no querer salir hoy, el cielo duerme en su velo plomo y los colores de la ciudad se esconden detrás de una blanca neblina mañanera. El aire frío y húmedo me recuerda las salidas de cross country a los tiempos del colegio: bien! A eso mismo me dirijo: segunda versión de Mapocho Río Arriba, un cross country de diez kilómetros en el lecho del mismo río desde Baquedano hasta lo Curro. Falta una hora a la largada y ya junto a Coté y Claudia estamos dejando nuestras mochilas en la ‘guardarropía móvil’, una camioneta que trasladará nuestra preciosísima ropa seca hacia el punto de termino de la carrera. Es mi segunda participación en este lindo desafío, no obstante eso me siento bastante insegura sobre lo que vendrá ya que lo único que recuerdo es la dificultad técnica del terreno y sobre todo no me siento absolutamente lista para correr con los póstumos en las piernas de un Maratón de Santiago bastante demandante.

Encajonamos ya a cuarenta minutos de la largada: el ambiente es muy relajado, nos juntamos con unos amigos para soltar las articulaciones, despertar los músculos y darnos consejos sobre cómo enfrentar este interesante recorrido; el grupo de profesores y colaboradoras de la fundación Astoreca es muy colorido y esparce buenas energías, entusiasmo y sonrisas entre los participantes. Entre una y otra copucha el tiempo pasa rápido y ya es hora de la cuenta regresiva!

Partimos rajados. Y digo ra-ja-dos porque parecía largada de 400 mts! Mis cuádriceps y mis tobillos me mandan mensajes poco amigables por el brusco despertar pero es tarde: ya estamos en juego. La táctica es la siguiente: tratar de correr muy rápido los primeros 2 km para ganar una buena posición considerando dos factores de atochamiento: los cruces de río con cuerda y los senderos de piedras en los cuales es casi imposible adelantar; en simple, la carrera se define en los primeros km. Nunca podía estar más equivocada.

El paso firme del pelotón casi no se escucha con el resonar de las aguas de un Mapocho gordo y color cappuccino gracias a su hermano menor, el Canal San Carlos. Al primer cruce se forma una fila bastante ordenada pero lenta, trato de adelantar el grupo pisando un metro más a corriente pero las rocas del piso están cubiertas por un ‘musgo’ resbaladizo; mejor no me hago la Indiana Jones y sigo con paciencia pegada a la cuerda de seguridad.

Corro, corro, pienso en hacer pasos cortos sin despegar los ojos del piso: se escuchan zapatillas crujir sobre vidrios rotos, desafortunadamente el río sigue siendo el pobre testigo matutino de las fiestas de muchos ‘incultos’. Hay bastante residuos esparcidos por el lecho este año, un poco me da lástima, porque sé que la convivencia entre ciudad y río siempre será difícil. Pero justo por eso estamos aquí, como embajadores con zapatillas de una revolución sustentable lanzada por Aguas Andinas. Llegamos rápidos al segundo cruce de agua: la fuerte caudal del río pelea con nuestras piernas, la travesía es más fluida pero solamente gracias a la ayuda de un auto. ¿¿¿Qué hace un auto en el río??? Un normalísimo city car estacionado en el medio de la corriente como elemento de ayuda para los corredores! Funciona y sobre todo, se agradece un montón!

Corro con los ojos super atentos a donde se irán los pies y pensando en lo qué me espera. Recordaba un sector muy bonito, bastante descuidado con mucha vegetación en el cual el río se abría en un ancho espejo: por mi gran sorpresa los trabajos de «revitalización»’ del río han llegado hasta aquí transformando el curso natural del Mapocho en un ancho canal de cemento que espero sea provisorio. Aquí es muy fácil correr y mis tobillos agradecen pero hay algo de sutilmente triste en todo esto: si no se trata de trabajos temporales el río perderá su identidad y se transformará lentamente en un canal artificial condicionado a gusto de la ciudad.

No veo mujeres. Ni las escucho. Hace unos kilómetros que corro entre hombres. Hay dos tipos de hombres que corren: los ‘apurete’ y los ‘bencineros’. Los primeros te engañan con su ritmo suicida en los primeros kilómetros para después desplomarse como mosquitos; los otros son los sabios, que partieron tranquilitos y que a mitad carrera comienzan a pisarte talones y te pasan despeinándote con su aire relajado. Eso. Aire. Me doy cuenta que ya en el km 7 me falta el aire, y justo aquí lo que era tierra y agua se transforma en piedras, muuuuchas piedras peligrosísimas. Mi torpeza alcanza niveles galácticos tratando de esquivar torsiones y tirones con movimientos poco femeninos: la gracia hoy la dejé en la casa.

Me río sola: disfruto como niña resbalar en el barro y chapotear en los charcos de agua pero comienzo a sentir las piernas cansadas, cada piedra que elijo para apoyar el pie parece ser la menos indicada y en vez de moverme hacia adelante me balanceo con la cadera para tratar de mantener un equilibrio ridículo. Qué manera de NO correr. Parece que el río este escuchando mis plegarias y el camino se tranquiliza en un tramo ancho y terroso: recupero el paso y aprovecho para pasar un par de chicos que se están hundiendo a cada paso. Inexorablemente la suerte que me tocará será la misma. Jadeo y jadeo, la frente me arde por el sudor y mis zapatillas mojadas parecen pesar kilos. »Dos kilómetros flaca, vas cuarta» me gritan desde la orilla, desde el rico, plano y dulce asfalto… Parecen veinte. Muy a lo lejos puedo ver la sombra del puente Lo Curro, justo el tiempo de bajar la mirada y mi cuerpo se va en black out: mi motor se apaga y paro. No puedo más: me falta aire, energía, frescura y azúcar! Azúúúcaarrr o miel: saco un sachet de miel pura desde el bolsillo, en un segundo ya está circulando en mis venas, pasa un ‘bencinero’ que con una dulce palmada en el hombro me dice ‘vamos compañera’. Eso era: me sentía sola en este cross asesino y entre estas silenciosas orillas!

Sigo los pasos de un joven, que me pregunta si el puente que vemos a lo lejos es la meta – Afirmativo, y lo amenazo: le digo que siga corriendo porque si él para, lo haré yo también. Las energías postizas de esa miel se agotan pronto, miro hacia atrás, no veo otras mujeres y a unos 500 mt de la meta la máquina para de nuevo y ya desesperada, trato de caminar y saltar entre las últimas piedras. El respiro más liviano de un paso rápido me despierta de esta torpe confusión: es la quinta mujer y corre muy entera!!! Literalmente apareció de la nada desde unas plantas para arrebatarme el cuarto lugar!!! (ya sabía que sería tercera de categoría) Todo mal pienso… Un desesperado tentativo de remate bailarín en un último cruce de río se revela inútil y matador. Cierro este cross-stones-country en 57 y algo minutos sin una gota de energía en el cuerpo. Me recuerdo del fatal error de cálculo inicial: mi carrera cambió totalmente su cara en los últimos metros!

Lo lindo de las carreras de Olimpo es el ambiente familiar y relajado: todo fluye de manera relajada y amena; me quedo a la premiación de Coté y Claudia, el entusiasmo en el aire es tanto que el amargo final de la carrera ya se transforma en una linda experiencia. Si el año pasado el Río me recordó que de ahí venimos y que somos parte de él, hoy me enseñó a no menospreciar su presencia, a respetar su silencioso fluir de aguas que cambian cara a cada kilometro. Sus silenciosas y ahora tímidas aguas. 

Paola Castelvecchio

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