En 21K puedes sentirte gusano y puedes sentirte león

Con 21km puedes llegar desde Providencia hasta Maipú.

En 21 km puedes sentirte gusano y puedes sentirte león.

21km, que los hagas en 1hr10 o 1hr44, pasan por tu cabeza kilos de palabras y de pensamientos.

Domingo, Maratón de Santiago. Que seas fondista, runner de pista, runner por aburrimiento o runner de fin de semana, seguro estuviste esperando esta gran fecha para tomarte la ciudad y desafiar tus límites.

Foto cortesía Francisco Ibarra
Foto cortesía Francisco Ibarra

Yo iba por mis segundos 21K, pero esta vez la cosa era un poco más especial: primera media vistiendo la camiseta de un equipo – Santiago Runners – Ansiedad de prestaciones a mil!!!

El otoño se hace sentir a las 7 de la mañana con una neblina húmeda y fría; la adrenalina me mantiene en calor y comienza el calentamiento junto con mis compañeros de SRC. Todos estamos extremamente nerviosos: se nota en las caras de los chicos que son tan chillones durante los entrenamientos y ahora bien callados, con la mirada perdida probablemente repasando kilometrajes y ritmos.

El encajonamiento comienza super temprano!!! Bueno, aspecto positivo porque tan aplastados ya no se perciben esos siete/ocho grados que nos mantienen frescos como lechugas!!! Asistimos a la largada de las otras distancia y entre un ‘ce ache i’ y unos cuantos saludos a las cámaras aéreas comienza nuestra cuenta regresiva. La largada es expedita, sigo el ritmo de un amigo compañero y sin darme cuenta ya estoy a la vuelta del parque O’Higgins. Ahí nos espera la larga, plana y matadora Avenida Matta; entre las nieblas espero ver la estructura del nacional, clara señal de que estoy a buen punto pero nooo – es un seguirse de edificios iguales que me hacen trampa a cada esquina!

Una música lejana indica que estamos a buen punto: Kilómetro once, esquina Grecia, un grupazo nos da la bienvenida a la segunda mitad del desafío, la gente empieza a salir a las calles para darnos ese preciosísimo y único apoyo que es una variable muuuy importante en estas distancias. Seré llorona pero los niños que saltan gritando, las abuelitas que te dan la mano… Admito que casi se me cae una lagrima. Sigo concentrada en mi paso y ya sé que se viene el segundo monstruo de los 21K: la señora Pocuro, el muro de la carrera, el falso plano que te corta las piernas.

Foto cortesía Francisco Ibarra
Foto cortesía Francisco Ibarra

Se escucha el paso pesado de los otros corredores, bajo mi ritmo, siento el cuerpo que se desarma… Un pie grita venganza, la rodilla se pone mañosa y la cadera se despierta con un roce punzante. Excelente, faltan 8 km todavía!!! Me repito que no hay dolor, que puedo, que no queda nada; me siento como un Lego a punto de desarmarse. Pero como en las mejores historias el cariño de la gente te lleva adelante, te empuja hasta tu límite: me imagino todos mis amigos cercanos, mi familia, los amigos lesionados, toda mi gente gritarme en las orejas; entro en un loop de concentración ya no escucho mi paso ni mi respiración. Estamos en Plaza Italia: las piernas pesan kilos, ando coja, la meta parece no llegar nunca hasta que las voces del público me despiertan y trato de rematar los últimos cien metros.

Cruzo la meta. 1 hora y 44 minutos. Para mí, un gran tiempo, mucho más allá de mis expectativas.

Paro mi cronómetro, uno, dos, tres pasos y BUM! El castillo de mis tiempos, emociones, esfuerzos, rabias y tensiones se derrumba. La garganta se cierra y no puedo contener unas cuantas lágrimas de alivio y felicidad PURA. 

Paola Castelvecchio

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