Conguillío, corriendo en el Edén

Dejamos atrás poco más de diez kilómetros recorridos entre senderos serpenteantes de tierra húmeda que suena como tambor bajo nuestros pasos: las bajadas son rápidas y mezquinas, llenas de raíces y troncos… Se alternan a subidas lentas y violentas que cortan las piernas a cada zancada mal calculada. Poco me importa ese dolor, porque levanto la nariz y el cielo está pintado con nubes bailarinas y con la sombra húmeda de las primeras araucarias: paro a mirar este paisaje de ensueño, de enciclopedia y saco fotos, quiero inmortalizar cada detalle del horizonte.

Sigo mi marcha: ahora cruje bajo mis pies la negra arena volcánica. Mi cara es una sonrisa de polvo negro y una estrella de arrugas protege mis ojos. Este es mi segundo aire, las piernas responden y los pulmones se dilatan para llenarse del aire mágico de estas tierras del sur. La mirada fija sobre mis pasos – se hunde el pie en el terreno y de cada pliegue del terreno sale una columna de humo y polvo: «estamos corriendo hacia el infierno» – pienso.

Estamos en plena subida en el faldeo del Volcán Llaima que nos observa silencioso como un eremita recién despertado.

Hay rostros amigos que nos alientan en camino: Vero Bravo, el mismo organizador Cesar y el fotógrafo Juan Matta-Lorenzen que arrebatan una sonrisa a cada corredor mientras evaporan bajo un sol que no perdona.

Hundo las uñas en el terreno para una última trepada vertical antes de comenzar el merecido descenso. Empujo con las manos sobre las rodillas, llego al abastecimiento justo en la cresta del cerro y me escapo hacia abajo soltando las piernas que gritan por venganza: corro, corro y mis pies se comen el camino a metros, estoy dejando que la gravedad y mi peso me lleven de vuelta al bosque, me estoy entregando a las pendientes. «Castelvecchio, esta carrera es hoy, no es para mañana» me grita un amigo que viene justo detrás de mí: empujón más que me lleva al camino principal del parque, una larga tortura de falsos planos y tierra dura.

El bus que nos acompañó al Parque en la mañana pasó por este mismo tramo, trato de convencerme de que me es familiar pero todo lo que sueña mi cadera ahora es una dulce y blanda subida para poder descansar de este duro rebote: los arboles escuchan mis plegarias y se enredan cerrándose sobre el sendero del Contrabandista. Todo aquí es silencioso, todo aquí tiene una luz especial; ya no puedo correr, mi zancada se hace corta frente al mínimo desnivel… Paro a contemplar esta belleza y a recoger un puñado de piñones.

A lo lejos, el reflejo plateado del lago Conguillío nos indica el camino, faltan unos pocos kilómetros de coastering y ya estaremos cruzando la meta: añoro un chapuzón en estas limpias aguas, el viento está escondido detrás del monte y hace nuestra pelea con la distancia aún más difícil. Quemando los últimos cartuchos cruzamos un afluente del lago, la bahía que hospeda el camp sale de su escondite y con una sonrisa grande como el cielo cruzo la meta de los 30 km.

Foto cortesía Juan Mata-Lorenzen

El Parque Conguillío es el Edén en tierra y Ultra Sendero de Los Volcanes es la carrera perfecta  de adentrarse en sus valles verdes y conocer todos sus maravillosos senderos. Otro must en el calendario del trail chileno.

Un gracias especial a Cesar quien nos dio la oportunidad de ser parte de esta gran carrera, gracias a #SkechersPerformanceCL y #MungkuNative #GlutenFree #Beer quienes me brindan el mejor apoyo y productos de excelente calidad. 

Paola Castelvecchio

Solo Running

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