Y los dioses de la resistencia, un día, bajaron a la tierra

Corren día y noche sin desfallecer solo para poder ganar una apuesta. Pertenecen a una comunidad indígena enclavada en la Sierra Madre occidental de México que conoce la fórmula para resistir largas distancias. Dos ultramaratonistas, protagonistas de un best-seller inmortal, nos revelaron sus secretos en el arte de correr.

Los consideraba personajes de leyenda, parte del mundo de la ficción, actores principales de una historia irreal que había tenido lugar en el corazón de las montañas mexicanas con solo un puñado de testigos. Eran descritos como hombres que podían correr día y noche sin descanso, por eso creía que no podían ser más que personajes de una novela fantástica, no estaba seguro que podían existir. Dudaba que sus hazañas en carreras de ultra resistencia pudieran ser verdaderas, hazañas que conocí hace dos meses leyendo el libro «Nacidos para correr» de Christopher Macdougall, donde se les describía como una tribu oculta, un grupo de superatletas capaces de llevar el esfuerzo humano más allá de lo conocido. Me llenaba de dudas: ¿Efectivamente existían esos indígenas capaces de correr sin parar ni sentir cansancio solo comiendo maíz?, ¿eran de carne y hueso esos mexicanos que flotaban por peligrosos e interminables caminos de montaña solo usando sandalias? Pero sí, están acá en frente mío con sus llamativas blusas y sus calzones de manta. Emocionado miro a Arnulfo Quimare y Silvino Cubesare, dos de los mejores ultramaratonistas de la actualidad. Los estoy saludando, estoy conversando con ellos, me están contando sus carreras y se ríen de mis experiencias. Dos mitos vivientes de las largas distancias y yo, un miserable corredor que no ha pasado de completar 52K.

Pateando una bola de madera

encuentro01Arnulfo viste una blusa naranja y un jockey que reza New York y habla poco pues no maneja muy bien el español. Sus piernas son musculosas y usa huaraches, el calzado típico de su gente que está hecho de neumáticos como suela y de trozos de cuero de vaca como cordones. Con ellos ha ganado la Ultramaratón de los Cañones (100K) en tres ocasiones y dos veces la Ultramaratón de Caballo Blanco (80K) en México. En el libro «Born to Run» se relata de forma épica su victoria más resonante: cuando en 2006 en los cañones mexicanos derrotó a Scott Jurek, uno de los mejores ultramaratonistas de todos los tiempos. «Después volvió y ganó, pero no ha regresado más, no quiere perder otra vez» me dice entre risas. Ese día Jurek le hizo reverencias al finalizar la carrera. Hoy Arnulfo Quimare me cuenta orgulloso que demoró 8 horas 20 minutos en completar los 100K de Guachochi y yo sin pensar observo sus pies y le pregunto por lesiones. «Una vez me dolió la rodilla pero me hicieron masajes con alcohol en la Cruz Roja de mi pueblo y se me pasó». Es de no creer que usando sandalias haga cientos de kilómetros sin sufrir, pero es que la gente de su comunidad, los Raramuri (o Tarahumara), conocen como nadie el arte de correr desde tiempos inmemoriales. «Empecé a los ocho años y siempre con huaraches. Las hacemos nosotros mismos. Estas mismas me han durado tres años y tengo otras en mi casa para andar allá, que son más gruesas. Una vez me puse zapatillas pero de inmediato perdí una uña, no me gustaron, prefiero esto», me cuenta. Los Raramuri aprenden a correr en el llamado Juego de Bola, una competencia por equipos que consiste en patear una pelota de madera en recorridos rectos o circulares y que solo termina cuando uno de los bandos le saca una vuelta a otro o cuando ya no quedan corredores en alguno de los grupos, tras ser vencidos por el cansancio. «Apostamos gallinas, vacas, maíz y jabones» me dice Arnulfo. «Una vez hicimos como 200 kilómetros, día y noche sin parar, al final me saqué las huaraches para ir descalzo y poder correr más rápido», recuerda Silvino Cubesare, en cuyo currículum destacan los primeros lugares en los 100K del Festival Internacional de Turismo y Aventura en Guachochi, en los 80K en Urique, en los 70K en Austria y en el Ultramaratón de la Ruta de Costa Rica. Ríe más que Arnulfo y habla más, pero ambos, por igual, se toman fotos con gente que leyó sus hazañas y firman autógrafos en el texto superventas que los tiene de protagonistas. Y es que para todos nosotros ellos son algo así como héroes, personajes de fantasía traídos al mundo real. «Me da risa cuando veo a todos entrenando, calentando, estirando, yo no hago nada», me dice Silvino, y es que estos aborígenes mexicanos solo corren para trasladarse, no por entretención, «nosotros caminamos, pero si hay que ir más rápido, corremos». Años y años de hacer lo mismo los han transformado en los mejores ultramaratonistas y también los más simples, «una vez me dolía la rodilla, pero allá usamos plantas, esa vez usé mezcal y se me pasó el dolor», de barritas energéticas ni hablar: «comemos pinole, harina que sale de los granos de maíz molidos y tostados, eso mezclado con agua. En las carreras también comemos tortillas. Con eso tenemos energía. Una vez probé un gel de estos que usan ustedes pero no me hizo nada, nada», remata entre risas. Tal como su compañero, Arnulfo no estira ni entrena, «pues se calienta en la primera parte de la carrera». Para finalizar me dice que prefiere la montaña al asfalto, pues ya tendré oportunidad de enfrentarme a ellos en una carrera.

Ambos están en España corriendo ultras de montaña. Silvino ganó su categoría en la Quixote Legend 154K y quedó segundo en la general por solo 3 segundos. «En la otra me perdí, como 50 minutos, y como ya no iba a quedar entre los primeros, mejor me retiré», dice otra vez riendo, cuando me habla de su participación en los 88K de la Volta Cerdanya Ultrafons 2014. «Yo abandoné porque me dolía acá», dice Arnulfo tocándose sus pantorrillas. Ambos están invitados en España, periplo que les permite recibir donaciones y eventualmente ganar dinero para llevar a sus comunidades cuya única forma de subsistencia es la agricultura del maíz. Ellos no viven de correr: me cuentan que al regresar a México volverán a trabajar la tierra, a producir alimento para su pueblo.

¿Nos han estado engañando?

Ambos ultrafondistas abren el Encuentro Barefoot 2014 en Sant Joan Despí, localidad cercana a Barcelona. Es un seminario cuyo objetivo es informar, debatir y compartir experiencias sobre los beneficios de correr minimalista o descalzo. La mayoría de los asistentes están con sandalias o «fivefingers», pero yo solo vengo a aprender sobre la habilidad de correr. Hace un par meses decidí cambiar mis zapatillas y empezar a caer con el mediopié y no el talón, todo gracias al famoso libro «Born to Run». Aseguran que correr así es más eficiente y pronto corriendo contra los Tarahumaras podré saber si es cierto. Todos los expositores tienen una tesis central: el ser humano es el resultado de millones de años de evolución, una máquina perfecta diseñada para correr, una estructura llena de tendones, huesos y músculos articulados en armonía que no requieren de un soporte especial, esto es, de zapatillas con amortiguación. Los ponentes de la Clínica del Running aseguran que las nuevas tecnologías presentadas anualmente por las compañías de calzado no tienen ningún fundamento científico sólido y se preguntan: ¿Nos ha concebido mal la naturaleza?, ¿Estamos mal adaptados?, ¿Somos más inteligentes que nuestra propia evolución? Dicen que el calzado cambia la biomecánica natural, produce pérdida de alineamiento de la rodilla y la disminución de la cadencia. Pienso que los Tarahumaras nunca han usado zapatillas. Otro fisioterapeuta comenta que gracias a una marca de zapatillas su consulta se llena de corredores lesionados. Y es que es fácil deducir que no es natural lesionarse tan continuamente o ¿acaso hace mil años el cazador necesitaba soporte en sus pies para cazar y conseguir su alimento? Todos los que exponen concluyen que la forma de correr que hoy tenemos con zapatillas de marca solo hace daño, produce lesiones y no es eficiente ni está en armonía con nuestro cuerpo, aconsejan correr lo más natural posible (www.cualquierapuedehacerlo.es). Un corredor asegura que desde que empezó a correr descalzo no ha tenido ninguna lesión y muchos asistentes confiesan que el libro «Nacidos para correr» fue la luz que les abrió los ojos. Pues a mí me pasó lo mismo y creo que quien se precie de ser un corredor debería leerlo. No se arrepentirá.

Compitiendo contra los Raramuri

El encuentro se cierra con una corrida de 10 kilómetros organizada por el municipio. He decidido correr con las zapatillas que me invitan a pisar de mediopié y así debutar con ellas en carrera. En el punto de partida veo a Silvino y a Arnulfo, los saludo y les pregunto por cuánto tiempo van, pero solo ríen así que decido quedarme con ellos. Parto en el grupo de avanzada, miro el reloj y el primer kilómetro voy bajo los cuatro minutos, a Silvino y Arnulfo los tengo en la mira y aunque estoy agitado como nunca no puedo dejarlos ir pues podría ser la única chance que tendré en la vida de correr mano a mano con dos personajes de leyenda. Sigo a Silvino y antes del kilómetro cuatro pasamos a Arnulfo, ¡sí, el que venció a Scott Jurek! El recorrido nos obliga a pasar otra vez por la meta y aunque jadeo de forma desesperada no suelto al Raramuri a quien todo el mundo aplaude pues su vestimenta lo destaca; más encima parece que va flotando. Es el kilómetro seis y la cabeza quiere traicionar: me dice que estoy cansado, que debo detenerme, que da lo mismo cómo termine, que es mejor descansar; pero no, no puedo rendirme. Silvino me saca unos doscientos metros, echo un vistazo al maldito reloj y creo que si mantengo el ritmo lograré mi mejor tiempo en 10K; pero pensar en la meta me perjudica, me hace sentir lento. Puedo retomar el paso rápido viendo la blusa de Silvino a lo lejos. Solo quedan dos kilómetros y si demoro ocho minutos sería excelente, pero no, mi misión es darle caza. Quedan mil metros y lo tengo en la mira, ahora lo tengo a cien metros, sí, estoy por llegar a la meta junto a un ulltramaratonista de leyenda. El GPS indica que falta medio kilómetro y sigo dando todo, sobrepaso a un corredor local y me marcan diez kilómetros exactos pero aún queda recorrido; estoy a cincuenta metros de Silvino; veo la meta y cresta, no lo puedo alcanzar, lástima, me debe haber ganado por unos veinte segundos. A pesar de eso igual me dejo caer feliz sobre el pasto pues acabo de hacer mi mejor tiempo en 10K: 38:09, casi un minuto cuarenta segundos más rápido que nunca. ¿Será el entrenamiento en cerro, será la postura de carrera o serán las zapatillas? No lo sé. Quizás solo la emoción de querer alcanzar y vencer a dos corredores que yo creían eran sólo un mito. 

Miguel Angel Martinez
Abogado y periodista
https://twitter.com/mmartinez6

From Encuentro Barefoot 2014, posted by Solo Running on 6/18/2014 (Showing 6 of 15 items)

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1 Comment

  1. Muy buen relato. Se puede notar lo impresionantes que son esos Rarámuris.

    Felicidades por tener la oportundiad de compartir con tales corredores, y gracias por contar la experiencia.

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