Virgil Crest y las 100 millas

Hace un par de semanas «corrí» Virgil Crest, una carrera de 160K en el sector de Finger Lakes, 5 horas al norte de Nueva York, con un desnivel positivo acumulado de 7,132 mts. El formato era un doble out-and-back (ida y vuelta por el mismo lugar). El año pasado había hecho los 80K en el mismo evento, solo tenía que hacerlo dos veces seguidas esta vez, y en un máximo de 36 horas. Este era mi primer 160K realmente continuo (había hecho La Misión, pero durmiendo las 3 noches y sin correr ningún tramo; y tenía dos intentos fallidos: uno en Hurt, por lesión, y otro en Atacama Xtreme, recortado por tormenta). Y para sumar presión, la carrera era mi única oportunidad de juntar a tiempo los puntos para el Mont Blanc, carrera que me había rechazado dos veces en la lotería y que generosamente me había dicho que me iba a aceptar como premio a la perseverancia a la tercera, siempre y cuando juntara los puntos, que esta vez habían subido a 8.

Pero todo eso era lo que sabía. La esencia de un 160K, como yo lo veo, es precisamente enfrentarte a lo que no esperabas. Sabes que algo saldrá mal, que algo te dolerá, pero hay miles de variantes de cómo se puede dar (o, si eres Anna Frost, corres tu primer 160K en 21 horas y no te duele nada, pero claramente no fue mi caso, y me tomó un poquito más de tiempo: 34:54). Por mucho que hayan abastecimientos cada 10 kms, asistencia médica y una ruta demarcada, un 160K es lo más cerca que estamos de una verdadera aventura en el contexto de una vida urbana; 160K te llevan de alguna forma a tus límites físicos y mentales. El entrenamiento y el modo automático te permiten avanzar hasta un cierto punto, pero de ahí vienen, dependiendo de cada individualidad, claro, el sueño, los dolores, las alucinaciones, el diálogo interno donde asoman dejos de racionalidad y te preguntas por qué estás haciendo esto, cuál es el sentido, y los cálculos matemáticos y equivalencias llevados a extremos ridículos («Si me demoré 9 horas de ida, entonces de vuelta, calculando que era de noche y no veía bien, y multiplicando por el factor calor y rendimiento decreciente, entonces me debería demorar…» o «Si avancé alrededor de una milla, entonces para el otro punto de control faltan…», y todo esto calculado primero en millas y después en kilómetros, como si multiplicar por 1,6 a esas alturas no fuera difícil). Si un ultra revela tu personalidad sin máscaras, me quedó claro que el mío es el estilo obsesivo.

Si tuviera que dar un consejo en vista de todo esto, sería seguir moviéndote, aunque te duela, aunque no le estés encontrando mucho sentido en ese minuto. Ya sé, suena bastante obvio. Sobre todo si reconocemos el terror al DNF que está en nosotros, pero el peligro está en esos momentos en que la importancia de llegar a la meta deja de parecer obvia. Y es que, claro, per se no tiene ninguna importancia, pero cada uno, en su entrenamiento, en sus metas a largo plazo, en sus ganas de ir al Mont Blanc, etc., ha llenado de significado el llegar a esa meta. Y es por eso que es importante, y es por eso que nos esforzamos para cumplirla.

El ambiente de un ultra es otra de las razones por las que hacemos esto. En esta carrera, por ejemplo, dos corredores sin polera, con kilt y sombrero figuraban rescatando mi zapatilla de una poza de barro movedizo, mientras yo hacía equilibrio en un pie; otro corredor, en medio de la noche, me decía que no me demorara demasiado porque no quería morir solo en el bosque; y las voluntarias insistían en que me veía excelente y que lo hacía parecer tan fácil (cuando es probable que haya dado pena). Cosas que solo pasan en estas carreras. Este es mi segundo consejo: apreciarlas, incluso en ese momento, cuando a veces uno no tiene mucha energía para apreciar nada.

Me hubiese gustado cerrar esta breve crónica con una reflexión iluminada, que diera cuenta de nuestra finitud y de cómo nos atrevemos a enfrentamos a ella en un 160K para emerger más fuertes, con mayor conocimiento de nosotros mismos y de nuestras virtudes y defectos. Pero voy a terminar con un consejo práctico, que remite a uno de esos límites que se ven involucrados en un ultra: la dimensión digestiva. Después de 25 idas al baño en la carrera (en gringo, para 1 y 2), dudo de la eficacia de las pastillas de carbón. Así que si suelen tener problemas al respecto, prepárense bien para prevenir y/o curar, y coman lo que han probado o comida real. Ah, y un último consejo: vaselina everywhere, y llévenla para reforzar en el camino. 

Andrea Lopez

Psicóloga

Arriba

468 ad

Submit a Comment

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.