Trastornos Alimenticios y Running

“Nos metemos en el deporte porque somos
ansiosos, intensos, hipervigilantes y sensibles.
Y ese es el tipo de persona más susceptible a
sufrir un trastorno alimenticio”. —Diane Israel.

Hace poco leí un reportaje en la revista Trail Runner (“No room for shame”, Ashley Arnold, diciembre 2014) acerca de los trastornos alimenticios y el running, y me quedé pensando acerca de lo poco que se habla de este tema, de cómo el discurso cultural y mediático en el running sobre el peso afecta de manera negativa principalmente a las mujeres, con un lenguaje naturalizado que tiene que ver con perder peso y verse bien. También, pensé en cómo el nombrar los trastornos alimenticios sigue siendo tabú, y en cómo las subculturas específicas de los grupos de road running y trail running tienen el potencial para convertirse en factores de riesgo o protectores en relación a los trastornos alimenticios, y en cómo yo he experimentado esos dos extremos del continuo.

Confieso que es probable que haya pensado todas estas cosas porque es un tema que he analizado teóricamente y, más importante todavía, porque hace tiempo tuve un trastorno alimenticio. Concretamente, anorexia. Y cuando has tenido un trastorno alimenticio y te mejoras, no es algo que desaparezca para siempre, sigue de alguna forma latente en pensamientos que puedes rechazar desde una posición racional, pero que a veces entorpecen otros pensamientos, o se cuelan y se transforman en conductas concretas.

Y creo que es importante hablar del tema porque los trastornos alimenticios pueden tener componentes genéticos individuales, pero ocurren en un contexto que los favorece. Y muchas veces, somos parte de ese contexto sin darnos cuenta: nos convertimos en ventrílocuos de los imperativos biopolíticos de cuidar el cuerpo, estar en forma, ser flacos, tener músculos. Las mujeres lo hacemos especialmente cuando comentamos acerca de cómo otras han subido o bajado de peso. Lo experimenté cuando la gente me alababa lo bien que me veía por haber bajado de peso después del Atacama Crossing. Lo que no tomaban en cuenta es que ese es el peso que puedo mantener pasando hambre todos los días y haciendo 250 kms. con una mochila de 11 kgs a la semana. No era, por lo tanto, un peso realista para mí, y después de mucha lucha interna, yo había hecho las paces con eso, pero al parecer no era tan fácil para los demás aceptarlo.

Los medios refuerzan esto hablando de nutrición desde un ángulo que apunta más a la estética que a la salud, y mostrando imágenes de cuerpos ideales que son poco alcanzables. Y si bien estos temas afectan tanto a hombres como a mujeres, es mucho más intenso en el caso de las segundas, y se vuelve parte de las dinámicas opresivas que perpetúan la dominación masculina, y que determinan que las mujeres deban pasar horas que los hombres no pasan (depilándose, yendo al gimnasio, maquillándose) dedicadas a construir una imagen que es una ilusión, que nos vuelve víctimas privilegiadas de los dictámenes de una sociedad del espectáculo. El peso se vuelve, de esta forma, un tema de género, un asunto que requiere de la atención y activismo feminista.

En los grupos de running, que aportan redes y un ambiente de camaradería, también surgen los riesgos: se refuerza positivamente con halagos a quienes bajan de peso, lo que es perfectamente respetable cuando la persona mantenía un peso poco saludable y perderlo era un paso para sentirse mejor integralmente. Pero nadie repara en que la línea entre hacer dieta y desarrollar un trastorno alimenticio es muy delgada; nadie sabe cuánto espacio mental está ocupando esa dieta y el bajar de peso en esa persona, y hasta qué punto está siendo beneficioso para ella. Recuerdo que en un grupo de running en que participaba te pesaban. No te decían nada respecto al peso que arrojaba la balanza, pero se subentendía que el objetivo era siempre bajar mes a mes; además, menos peso equivalía a menos minutos en tu PB. El discurso y marco mental que comencé a desarrollar entrenando para bajar mi tiempo en maratón comenzó a parecerse peligrosamente a mi marco mental mientras tenía anorexia, y mi peso también comenzaba a ir en esa dirección. Y no estaba dispuesta a eso, por lo que tomé la decisión de cambiar de rumbo hacia el trail running, donde no importaba tanto tu peso o el tiempo que hacías en la carrera, sino solo terminarla; donde el biotipo ideal incluía músculos más desarrollados, y el ambiente era más centrado en el relajo que en el control (que es la dinámica mental propia de la anorexia). Es más, luego me vi planeando mis snacks para carreras largas en función de lo que pudiera entregarme más calorías en el menor tamaño posible.

Me gustaría pensar que el ambiente del trail es inherentemente protector respecto a los trastornos alimenticios, pero esa sería una verdad parcial. En el mundo elite, la presión por mantener un bajo peso afecta a los deportistas, como lo ha comentado Anna Frost, refiriéndose a cómo sufrió de la “Female Athlete Thriad” (FAT), donde la baja de peso asociada al deporte está vinculada con patrones de alimentación desordenados, alteración del ciclo menstrual y osteoporosis. El ejemplo de Anna Frost, haciendo explícitos estos temas, y manteniendo un peso que ella encontró que le funcionaba, a pesar de no verse igual a las demás atletas, resulta inspirador. Por otra parte, la tendencia de los trail y ultra runners a ponerse objetivos difíciles también puede verse asociada a una conducta de hacer todo lo posible, de manera obsesiva, por obtener un buen resultado, lo que puede incluir comportamientos que coqueteen con los trastornos alimenticios. El desequilibrio entre lo que se come en carrera e inmediatamente después de un ultra, versus lo que se come normalmente, también fomenta patrones de alimentación desordenados.

Ser conscientes de los riesgos presentes en nuestro deporte en relación a los trastornos alimenticios y cambiar nuestro discurso cotidiano en torno al peso son un primer paso hacia construir una cultura deportiva realmente saludable. Aquellos con mayor influencia, como entrenadores y medios de comunicación también pueden aportar cambiando el discurso imperante. Y las mujeres tenemos una responsabilidad especial en cuanto a compartir nuestras experiencias al respecto, y fomentar una relación más respetuosa y de aceptación con nuestros cuerpos y los cuerpos de las demás.

Si quieren leer algo más acerca del tema, les recomiendo los libros de Susie Orbach

Andrea Lopez
Psicóloga

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