Maratona Di Roma; ¿Y si me Retiro?

¿Y si me retiro? Se supone que debería escuchar a la gente gritar pero no oigo nada. Se supone que debería estar disfrutando esta ciudad histórica pero estoy sufriendo. Estoy muy agitado, la respiración se me fue al demonio. Los músculos me duelen. ¿Y si me retiro? Una puntada en la cabeza del fémur me hace cojear. Sigo y me sigue molestando. Veo a un montón de personas a los lados pero no puedo distinguir ninguna cara. Creo que no puedo correr más. Ya. Voy a parar. Sí. Es lo mejor. Total no debo dar explicaciones a nadie. Sí. Creo que me detendré. Parece que no puedo seguir.

Sábado en la mañana y llego a retirar el kit. Me habían dicho que la Maratón de Roma era muy bien organizada pero parece que los 19 mil inscritos vinieron todos hoy porque hay fila. Pasan cuarenta minutos y logro entrar. Muestro el teléfono con mi número, me imprimen la carta y me entregan el chip. Más allá me pasan la polera, una mochila, un isotónico, un paquete de tallarines y una revista de la carrera. Muchas cosas. Nunca me había tocado el kit con una mochila de regalo. Bueno, fueron 50 euros de inscripción. La feria es tan grande que me pierdo. Hay una muralla para dejar saludos. Venden de todo. Tallarines y agua a 5 euros. Hasta los militares tienen su expo, quizás buscan soldados. Hay decenas de stands de maratones. Hasta una de Irak. Pido el flyer. Dan ganas de ir a todas. Todas tan cerca. Pero bueno, primero es Roma, mi primera Categoría Oro. Luego veremos.

Paso por el kilómetro 30 y voy dos minutos y medio más rápido de lo que pretendía. Me siento bien. He disfrutado. Empieza a llover otra vez. Mejor así que el sol pegando. También hay viento pero puedo mantener el ritmo. Intento convencer a mi cabeza que estamos partiendo y la carrera es de diez kilómetros. Mi idea es llegar bien al 40 y dejar los últimos 2 al corazón. Sigo bien. Casi toda la carrera he estado junto a un gringo. Corre muy bien. Compacto. Se ve entero. Ni parece agitado. Sigo avanzando y estoy en el 35. Ahí viene el agua. Hace rato que también hay frutas y galletas en los puestos. Tomo el vaso y me detengo a beber. Así lo he hecho para atrás, creo que cansa menos que hacerlo corriendo. Me mantengo 150 segundos delante de lo que pretendía. Creo que voy bien. Pero algo pasa. Empiezo a subir mis pulsaciones. La cabeza quiere traicionarme. Ya tengo fatiga muscular. Siento un pinchazo cerca de la cadera. Como que cojeo. Me da miedo. Pero si he andado bien. Porqué ahora. Cresta. Me cansé. Me está costando más. No puedo mantener el ritmo. Pero si quedan 7. Vamos.

Despierto tres horas antes. Fruta. Líquido. Un croissant. Ahora al baño. Todo bien. Una ducha y a vestirse. Hay anunciado lluvias. Me voy con un chaleco para botarlo luego. Salgo del hostal y corre viento. Hace frío. Estoy a un kilómetro de la partida en el Coliseo. Voy trotando lentito. Estamos a hora y media y ya hay mucha gente. Mostrando el número te dejan entrar. Los camiones para dejar los bolsos están a los lados. Hay como veinte. Todo se ve bien organizado. Muchos baños. Todo coordinado. Aún no abren los cajones. Cada nivel de corredores tiene su color y lugar. Los más lentos para el fondo. Hay algunos que hemos entrenado duro y no queremos delante de nosotros al tipo que sólo quiere salir en las fotos y viene a caminar. Bueno, acá los 19 mil corren los 42. ¿Si la de Santiago fuera así? Quizás ya no sería negocio. En fin. Acá son todos de verdad. Para todos es un reto. Todos están concentrados. Faltan cincuenta minutos y podemos encajonarnos. Atrás está el Coliseo, el Foro Romano a la izquierda y a la derecha el Imperial y el de Augusto. Suben los nervios. La espera se hace larga. El locutor habla y otro le traduce al inglés. Empieza a llover. Más frío hace. Ya no se puede salir al baño. Las botellas ya no tienen agua sino orina. Salen los discapacitados. Me quito el chaleco. Ropas vuelan hacia los costados. Partimos.

17 kilómetros y algo, doblo hacia la derecha y aparece. Monumental. Impresionante. Ya ha estado acá pero es como si fuera la primera vez. El Vaticano. Enorme. Emociona. Y corriendo parece que da energía. Son como 200 metros rectos por la Vía della Conciliazione para acercarse. Lindo. Hermoso. Hay mucha gente animando. Primera bandera chilena. Les grito, me responden. Igual sirve. Un pequeño punch. Ya vamos en la media maratón. 21,097 exactos. Llevo un crono espectacular. Han pasado cuatro estaciones y solo he tomado agua. Nada de isotónico, ni sal, ni esponjas. Muchos voluntarios. Las estaciones son largas. Nadie se agolpa. No hace calor. Hay mucha gente haciendo barra. Aplauden, gritan. Parece de verdad que la gente salió a la calle. Faltan carteles eso sí. En gringolandia está lleno de carteles mientras corres. Parece que motivan más. Pero igual ha habido ambiente. Está lindo. Me siento bien.

Todos parten soplados. Somos muchos. Es un privilegio correr acá. Estoy feliz. Plaza Venezia y parten los adoquines. Terreno inédito para uno. Está mojado se cae uno. Otro le ayuda a pararse y puede seguir. No le veo heridas. Seguimos. Plaza de la Boca de la Verdad. Kilómetro cinco y primer avituallamiento. El clima es excelente. Intento disfrutar la carrera y los edificios históricos. Kilómetro ocho y todos suben la vereda en vez de seguir el recorrido por la calle. Se ahorran un par de metros. Yo lo quiero hacer bien. El voluntario me grita “bravo bravo”. Presumen de sus tiempos haciendo trampa. Serán dos metros, quizás tres, pero sigue siendo de tramposos no hacer el recorrido metro a metro. Este deporte es de gente honesta. Solidaria y honesta.

¿Pero cómo me voy a retirar ahora? 12 semanas entrenando. Comiendo bien. Descansando. Incluso evitando las fiestas. Me he esforzado. Duele todo pero igual. Debo convencer a mi mente que puedo. Quedan 4 kilómetros. Se hacen largos. ¿Quién me mandó a hacer esto? Pienso en las motivaciones. En la satisfacción del triunfo. Del logro. Hay muchos adoquines y quizás tengo una ampolla pero vamos. Ya son 40. Aún corriendo lento puede ser mi mejor tiempo. Aparece el cartel de 41. Estamos. Me van pasando algunos pero el tiempo es mío. Plaza Venezia, una bajada. La vueltecita es larga. Veo la meta. Ahí está. Estoy. No veo nada. No escucho nada. Miro el crono. Lo voy a lograr. Sí. Levanto las manos satisfecho. El Coliseo se ve al fondo. Sí. Llegué. Me arrodillo. Sé que habrá foto de eso. Viene un auxiliar. Me quiero acalambrar, pero me ayuda a pararme y zafo del dolor. Sonrío. 3 horas 10 minutos y algo. Me olvidé del reloj. Recién lo detengo. Me cuelgan la medalla. Me pasan el protector del frío. Me acuesto a un costado. Dormiría. La bolsa tiene dulce de membrillo, una barrita, una manzana, agua e isotónico. Un corredor a mi lado parece que se va a morir. Terminó destrozado. Pero lo logró también. Lo logramos. Somos todos ganadores. Desde los africanos hasta la señora de Finlandia de 74 años que se demoró 7 horas. Me duele todo, pero que va. Ya pienso en mi siguiente maratón. 

Miguel Angel Martinez
Abogado y periodista
https://twitter.com/mmartinez6

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