El Mapocho se vive!

Domingo 18 de mayo, una mañana tibia nos espera para correr Mapocho Río Arriba, un cross country que dicen, pasará a la historia.

¿A quién se le ocurrió correr en el lecho del Mapocho? A Aguas Andinas, Olimpo Producciones y a la Fundación Astoreca. Y a otros mil locos apasionados por el cross y que quieren dar una nueva esperanza al ‘pobre’ río. “’Qué asco, vas a correr con los ratones”’ decían algunos… Puras supersticiones y sí, un poco de ignorancia. Aguas Andinas puso su parte implementando un proyecto de depuración de las aguas que quitó la mayoría de los malos olores y bajó el nivel de contaminación por lo tanto lo único ‘sucio’ que tiene todavía el río son restos de botellas y basura botada por los mismos santiaguinos! Participé toda orgullosa porque para mí se trataba de demostrar a los porfiados que esa parte de Santiago tiene un potencial excepcional en términos de espacio público de recreación.

El recorrido en mi cabeza estaba más que claro, desde Baquedano hasta la rotonda Lo Curro… pero… las condiciones? Qué estaríamos pisando? Barro… piedras… agua… plantas… arena?– en fin, de todo. La primera cosa que hago llegando al punto de reunión es mirar abajo, hacia la partida. Dios mío! Es todo un río de barro seco con surcos bastante hondos para jugar bromas a mis tobillos asustados – La bajada al lecho es por una estructura armada para la ocasión al lado del Puente Pio Nono, junto con mis compañeros comienzo uno pseudo-calientamiento testando el terreno. Nos damos cuenta de que será casi imposible definir un ritmo y más difícil todavía será mirar adelante. No importa: el ambiente es muy agradable, los ánimos arriba y las ganas de descubrir me meten un poco de ansiedad. El entorno es perfecto, entre los edificios, al oriente bien al fondo entreveo la cordillera: casi olvido de estar en Santiago.

Largamos rápidos, muy rápidos; no logro entender si conviene buscar el mejor camino entre esas placas de piedra lisa saltando y parando o si debo seguir derecha bien fija en lo que piso. Opto para la segunda idea: achico los pasos, pongo la respiración en piloto automático y me concentro en lo que siento. Escucho mi respiración, la de quien me está justo detrás y el río. El río te habla, el río te concentra, recuerda que hace tiempo nosotros fuimos parte de su naturaleza. Al km 1.5 y 2 tenemos que cruzar las aguas que se hacen un poco más hondas pero nada de insuperable: hay un auto estacionado en el medio de la corriente y, de un lado al otro, dos voluntarios tienden una cuerda bien firme que sirve de agarre. Poco a poco voy tomando confianza con el pavimento cada vez más irregular, cada vez más peligroso; mi rodilla me recuerda que estuve lesionada y comienzan unos simpáticos tirones que comprometen mi estabilidad y una pisada segura. No me importa. Sigo. Al km 4 el paisaje comienza a cambiar, aparecen matorrales, arbustos secos que cortan tibias y tobillos. Piedras y maicillo – el ritmo de todos baja, caminamos (aprovecho de recuperar porque ya estoy quedando sin aire) y nos disponemos en fila, para seguir callejuelas donde se pueda pisar con más facilidad. Aprovecho varias veces de parar, levantar la cabeza para darme cuenta de donde estamos y tomar agua. Punto a favor: vamos todos con una simpática mochila de hidratación, complemento sin duda precioso en esta ocasión! Al km7 me doy cuenta de que sí, va de mal en peor, las piedras se hacen todavía más grandes y un par de personas se caen antes de mí… Awwww, qué miedo, no quiero lesionarme y menos dejar un par de dientes en el Mapocho!!! Pero callo mis pensamientos y me convenzo de que no nos queda nada. Estoy extremadamente cansada, débil físicamente y moralmente, no recordaba que el cross fuera tan agotador; me cuesta saltar y cada vez que paro es peor porque retomar el paso es un gran desgaste de energía.

Los voluntarios gritan palabras de aliento desde la orilla y despacito, como hormiga, sigo por mi camino. Respiro hondo y el perfume del río y del lodo me llevan a mi casa, a las orillas de ese río donde iba a pescar con mi padre y mi hermano. Es un olor específico que recuerdo perfectamente, hasta las piedras lo llevan. Corro entre el verde de las plantas y el celeste del cielo que se abre a un tímido sol. Falta menos de un kilómetro y al otro lado del tranquilo correr de aguas veo la meta. Saco lo último que me queda, soy como un auto rodando despacio con su mísera reserva de carburante. Me mareo, paro. ¿Pero como Pao? ¿Tanto peleaste para morirte a cien metros de la meta? No, no es posible. Unas niñas me gritan como si fueran la voz de mi cabeza: llega! Llega! Llega! Me enojo, que injusto sería parar aquí: saco toda la rabia que tengo y, desarmada, cruzo la tan esperada meta. Tiro un suspiro y todo pasa cuando escucho los gritos de mis compañeros. Una hora, cuatro minutos y un segundo lugar de categoría totalmente inesperado.

Mapocho, me sorprendiste. Me mataste. Me regeneraste.

Fue sin duda una experiencia muy agradable, la organización excelente y el sacrificio de todos fue premiado: corriendo el río cambia muchas caras y de verdad algunas son muy lindas. Hay verde, hay flora y aves de agua dulce no solo palomas y ratones como muchos creían!

En fin… El Mapocho hay que vivirlo: espero que este evento sea parte concreta de la historia y que marque el comienzo de un verdadero proyecto de convivencia entre la urbe, sus habitantes y la naturaleza. 

Paola Castelvecchio

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  1. Mapocho Río Arriba | Azúúúcar! | Solo Running - […] el aire es tanto que el amargo final de la carrera ya se transforma en una linda experiencia. Si…

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