Aproximación 14F; De Amor y Trail Running

¿Puedes escribir algo acerca de correr, la montaña y el 14 de febrero?

¿Yo, que enarbolo la bandera de la soltería radical? ¿Yo, que no le pido más a la vida ni al 14 de febrero que ver netflix comiendo chocolates sin que nadie me moleste? ¿Yo, que a veces dudo de lo genuino de la premisa fundamental que supuestamente nos convoca y aúna, el amor a la naturaleza? ¿Yo, que estoy cerca de, por fin, tras nueve años, romper mi relación con esto de correr? Tal vez no soy la persona indicada.

Esté el origen de San Valentín en el amor, la muerte, o el oportunismo comercial, como postulan las diferentes versiones, hay un poco de todo eso en el trail running: traiciones, amistad, encuentros, desencuentros y, por debajo de todo eso, la implacable e irrefutable soledad del corredor de fondo. Esa soledad que no tiene nada que ver con estar (o ser) soltero o en pareja; esa soledad de la indedeterminación y la responsabilidad ante las propias elecciones. Y es tal vez eso lo que, más allá de todas las posibles desaveniencias dentro de “la gran familia del trail”, nos une. Correr en la montaña, mientras más aventurero sea, más consciente te hace de esa soledad existencial: cuando estás enfermo o alucinando en la alta montaña o en medio del desierto, y físicamente solo, la naturaleza parece entregarte respuestas a preguntas que ni siquiera querías hacerte.

Incluso, si decides abrazar la angustia ligada a la soledad, con sus posibilidades positivas y negativas, puede que esto de correr sea el ejercicio de autoayuda que predican las frases motivacionales de instagram. Y puedes reconocer cuando otros que corren también son conscientes de esto y así, paradójicamente, sentirte menos solo.

Si bien correr por los cerros en un nivel puede unirte a muchos otros y hacerte parte de una comunidad, su mayor valor es mostrarte que en realidad estás solo, que no perteneces a ninguna parte, salvo por ser parte de una naturaleza de la que ya nos sentimos ajenos (y por eso usamos frases como “reconectarnos” con ella, “recuperar el sentido primal de correr”, y tal); una naturaleza que, en todo caso, no perdona errores y no acepta ofrendas.

Pero esto se trataba del amor, no de una apología del existencialismo y la soledad. Cómo, entonces, puede no amarse correr por la montaña, una práctica que puede hacer patente el vacío y, a la vez, ofrecerte la posibilidad de no pensar en él o, quizás, de trascenderlo.

Cómo puede no amarse a los grupos de corredores que transforman la angustia en metas concretas, y que proveen sentido a una práctica que puede oscilar entre lo narcisista y meditativo.

Cómo puede no amarse y perdonarse a los que aman correr por los cerros, con todos sus peros; especímenes que se apasionan por correr y hablar del tema, que se sacan fotos en las cumbres, que dominan el arte del postureo y el automarketing… cuando todos están (estamos) solos, sea o no 14 de febrero.

Andrea Lopez

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