50K UF | ¿Latitud o altitud?

Dejar el confort tibio del bus es un pequeño trauma. El aire es punzante, helado, puro. Estoy nerviosa: hace un año que espero este día, Ultra Fiord supo conquistarme en su primera edición, durante la cual tuve la oportunidad de seguir la carrera desde muy cerca pero sin las zapatillas puestas. Abrieron las inscripciones hace meses y yo agarré uno de los cupos “Early Bird”; titubeante sobre la distancia a elegir pensé: si viajo hasta el fin del mundo para correr y sufrir, más vale que sea para muchas horas y kilómetros… Arriba de esta ola de ignorante entusiasmo cerré el trato con los 50km, los que eventualmente serían mi segunda ultra distancia.

Encontrarme con Romina y Pancho me relaja, estamos todos asustados y ansiosos por lo que nos espera: 3,2,1 y pum, ya estamos corriendo. El grupo se diluye muy rápidamente y yo decido de seguir el paso minimalista de Pancho, vamos charlando y pronto los nervios se placan. “Senhora, senhora a sua mochila… Muita agua!!!” Me doy cuenta que esa “senhora” soy yo y que el amigo de Brasil me está informando que un chorro de agua está saliendo de mi mochila: en menos de un minuto los casi 2lt de agua se reversan en mi espalda, calza, calcetines y zapatillas. Como robot paro, en absoluta calma desarmo la bolsa de hidratación (se despegó la manguera) la envuelvo, la guardo y vuelvo a mi trote pensando a como lo haré durante los próximos 47 km con solamente 0.5lt de hidratación. Santo Pancho me pasa una botella de plástico que cumplirá perfectamente su función, me relajo y me fundo rápidamente con el entorno.

Colgados en el living de mi nonna están unos cuadros con paisajes de otoño.

Estamos corriendo en uno de estos, los colores vividos se hacen surreales al caer de los primeros copos de nieve bajo un cielo todavía soleado. Nuestra pequeña caravana aprovecha de la noble excusa de una foto para descansar de la subida e inmortalizar estos momentos sin tiempo. Estamos emocionadísimos. Un silencio ancestral nos rodea, la blanca nieve cae silenciosa sobre las hojas del bosque de otoño, estornudo de la gran montaña que sigue escondida.

Distraidos por el sinuoso enredo de senderos, no nos damos cuentas de la baja temperatura con la cual estamos corriendo; no me he sacado el cortaviento porque sé que no debe haber más de 5 grados (la nieve no se hace lluvia) sin embargo, mi cuerpo traspira protegido debajo de la capa impermeable. ¿Altitud o latitud? Como demarcado con delineador, el bosque se abre abruptamente sobre una cima ventosa, nos esperan 2 chicos de la organización con isotónico y mantecol explicando que falta poco para llegar a la cresta de la montaña (cordón Chacabuco) para poder seguir sobre ella y luego bajar de nuevo al bosque. Parece cosa poca… Pero de repente el aire se hace violento. Parece no agradar nuestra presencia por esos lados y comienza a golpearnos. Bofetadas de hielo en las mejillas, las corrientes de aire gritan en mis orejas, de pronto los guantes primera capa que protegían mis manos mojadas se congelan: los veo, hay una sutil capa blanca que me está cubriendo los dedos. Pánico. Calma. Pánico. Mi talón de Aquiles en el frío son las manos: siempre se me duermen los dedos, hasta en el mismo invierno santiaguino. Trato de acordarme de cuando jugaba con guantes de lana en la nieve, en el campo: los dedos hinchados y morados no dolían, distraídos por la adrenalina del juego. En menos de un minuto el hormigueo se transforma en dolor intenso: Marcelo, un corredor que viene justo detrás nota mi dificultad y me ayuda a sacar los guantes de montaña desde la mochila. Mientras avanzo, mentalizo: calor, manos,abrigo, cuero, micropolar… Nada… No siento nada… A decir la verdad algo siento y son las uñas que parecen explotar del dolor. ”Vamonos de aquí” grito a Marcelo y comenzamos a correr contra el viento. La peor parte nos espera. Entramos en una nube de nieve y hielo.

El viento blanco, cruel cómplice de esas latitudes, se nutre de nuestro miedo e inseguridad: nos espera como un canto de sirena.

Mi paso se transforma en trote y el trote se diluye en pasos largos sobre piedras irregulares y pozas de hielo. El camino bordea inmensos y majestuosos glaciares por las pendientes de la montaña: experimento algo raro, una parte de mi cerebro goza con ese seguirse de montañas nevadas, glaciares calipso y nubes borrascosas. La otra lucha para mantenerse en equilibrio, para no caer en los dientes del frío: perder esa cordura significaría desmoronarse en el medio del camino: la hipotermia es un fantasma que pisa mis huellas. Al cruzar un pequeño río hundo mi pie en las aguas heladas. La sangre parece congelarse en mis piernas, no queda calor en mi cuerpo al cual recurrir. Miedo. Calma. Control. A la distancia tres carpas flamean como un farol en la noche: allá llegaré a pedir auxilio. Un tiempo infinito y indefinido me separa del check point. Llego gritando de felicidad: el personal me ayudará a ponerme calzas largas y chaqueta de pluma. Hasta me abrocharán las zapatillas y me arreglarán la capucha sobre la cabeza y con una bofetada en el hombro como despedida, me ordenarán correr hasta el bosque.

La montaña ahora me guiña el ojo, estoy al seguro en mi escafandro de pluma y polar.

Como Ulises, escapamos gloriosos y redentos de la tempestad cayendo lánguidos en los brazos del bosque rojizo.

La adrenalina del paso por Chacabuco se llevó todas mis energías: la bajada al valle es un resbalín de barro y mis piernas de lana no perdonan. En varias ocasiones me encuentro de espalda al piso con el poto en el lodo. Esto me hace feliz. Estoy al seguro ahora, solo debo llegar a la hostería Balmaceda para tomar mi sopa especial sin gluten y cambiarme de ropa frente a la estufa para seguir hacia Estancia Perales.

Nunca estuve tan equivocada, nunca tan perdida, nunca tan pajarona: al revisar los recorridos de la competencia desde un comienzo pensé que pasaríamos por la Hostería Balmaceda confundiéndome con el itinerario de otras distancias. Ingenua, sigo mi trote en el bosque hacia las fauces del desconsuelo como caperucita hacia el lobo. Km 30: ”debemos estar cerca de la hostería” pienso yo. Entre los árboles, a la orilla de un río torrentoso, 2 jóvenes agachados sobre el fuego cocinan fideos. ”¡Hola amigos! ¿Cuánto falta a Balmaceda? Pensaba retirarme, visto el frío y el mal tiempo, no sé si me dan las piernas para llegar sana. Quizás me devuelva en bote”.

Ridícula

Un corredor de las 100 millas me mira con compasión y con el tono más comprensivo de la historia del trail me explica que este fueguito substituye el PAS 30k y que si quiero retirarme, bueno… Esa es la carpa. Comiéndome lengua, hígado y manos replanteo mi existencia en 30 segundos. Vacío mi mochila, saco toda la ropa seca que tengo y me la pongo. Vuelvo a guardar la parka por si me pilla la noche. Puñado de maní a la vena, lleno mi flask con agua del río y CHAO PESCAO. Me faltan 20km, media maratona pienso.. 4 horas, realizo. Atroz.

De aquí en adelante será la carrera más entretenida de la historia: turbas acolchadas que se abren sobre paisajes espectaculares, un bosque encantado de miles colores, la nieve que endulza el aire con sus copos de dimensiones grotescas. Y barro. Mucho barro. Los cruces de río ya no duelen, son parte del juego, son un borrón y cuenta nueva hacía los dulces pastos del fiordo.

Meta / Foto: Graciela Zanitti

Meta / Foto: Graciela Zanitti

Corro! Sí, corro… Feliz de intercambiar unas palabras con cada corredor que encuentro. Pero corro también porque le tengo pavor al bosque de noche… ¡¡¡Come on!!! ¿¿¿Y quién no??? Corro sin parar. Cuando no puedo, camino rápido… Y vuelve mi lema: voy a llegar, voy a llegar! En un trance de mantras italianos y visiones alucinantes de animales reconozco el sonido de unos bastones que me vienen alcanzando: es JC que viene terminando sus 70km – ni hablar de la vergüenza de que te pille alguien que largó 20km más allá – pero estoy bien, puedo moverme a su paso y sobre todo ya no estaré hablando sola!

Muchos pensamientos acompañan nuestros pasos en las primeras horas de la noche. Las luces de Perales brillan tímidas a la distancia, el viento furioso del fiordo corta la nieve en mil direcciones.

-”Ya llegamos JC!”

-”Segura? Es allá??”

Sí, esa es la meta, ese arco celeste que soñé durante más de diez horas de delirio y sanación. 

Paola Castelvecchio

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