100 millas UF | Una travesía al fin del mundo

No sabía porqué a esta región del mundo le llaman «el fin del mundo», pensaba que era más bien una frase poética o comercial. Así que tenía que conocerla.

Embarcarme a esta aventura fue fácil, emprenderla fue en realidad un proyecto muy ambicioso, ya que tenía que contar con el apoyo de muchas personas que no quiero mencionar porque corro el riesgo de omitir a alguna…

Poco a poco todo lo que iba requiriendo para esta aventura, una aventura que conforme más conocía de ella, más me ponía nervioso. En realidad yo imaginaba que iba a ser una carrera de mucha exigencia.

Así pues, comencé un proceso de preparación integral y gracias al apoyo constante y acertado de varias personas, cada vez me iba mentalizando más en este objetivo. Andy Leyva; nutrióloga, me ayudó a perder peso en grasa que no requería y a transformarlo en músculo. Así también me enseñó a alimentarme adecuadamente y dio seguimiento a todo el proceso. El Dr. Efrén Celis, vigiló de cerca mi desempeño corporal, eliminando contracturas y lesiones que iban apareciendo. Finalmente, Rafael Acuña, me ayudó con el trabajo de piernas y tren superior.

Tuve varios entrenamientos largos, participé en el UMAM, en el poblado de Excola, Veracruz; Adrián, Sergio y David se convirtieron en cómplices de mis entrenamientos largos, en ocasiones con la oportunidad de convivir con otros grandes atletas en diferentes circunstancias.

Poco a poco se fue acercando el día cero, en el que acudiría a mi cita; me trasladé a la Ciudad de Mexico (CdMX) en bus, de allí en avión a Lima, Perú; posteriormente a Santiago de Chile y, debido a una huelga en la aerolínea; me trasladé a Buenos Aires, Argentina, de allí a Río Gallegos en avión. En este punto descubrí con horror que mi maleta no había llegado conmigo. Después de un rato de súplicas desesperadas, el encargado de logística del aeropuerto se comprometió en hacérmela llegar al hotel,  mismo que cumplió y a las 3:00 AM me la llevó personalmente.  Un gran alivio ya que buena parte de mi material venía en esta maleta.

Pasé un gran día en este pequeño pueblo, cercano al Estrecho de Magallanes, frío y con gente muy amable. Probé el mate acompañado de un grupo de argentinos, visité el río que se observaba muy frío y lleno de pingüinos. En general fue muy agradable mi estadía allí. Al siguiente día me trasladé a la terminal de camiones (buses) con la intención de ir a un poblado fronterizo llamado Río Turbio, a 300 km. Me habían dicho que el transporte desde este pueblo a Puerto Natales, ya en Chile era constante. Al llegar a Río Turbio me entero que no hay transporte público hacia allá. Afortunadamente Carlos, un argentino que iba también al UItra Fiord tenía el mismo problema. Al investigar más nos dijeron que Puerto Natales estaba a 30k del lugar en el que estábamos. Comenzamos a caminar hacia la frontera de Argentina; a la que llegamos al paso de 4k en una ruta divertida y con esporádicos autos que pasaban y a los que pedíamos «dedo», según palabras de Carlos.  Llegamos a la frontera y después de los trámites migratorios, seguimos caminando al paso fronterizo de Chile,  mientras tanto seguíamos pidiendo «aventón». Por fortuna, una van Oldsmobile antigua, se paró y nos invitó a subir. Nos llevaron a Puerto Natales, después de cumplir con los requisitos y pasar la frontera. Fue emocionante llegar a ese lugar tan lejano después de varios días de travesía por lugares tan atractivos.

Llegamos al destino a las seis de la tarde, me instalé en el Wild Hostal, y percibí un clima frío pero agradable. Salí a caminar un poco por la costanera y descubrí unas montañas con glaciares en el horizonte. Imaginé que allí íbamos a correr durante la competencia. Es evidente que este pueblo tiene vocación extrema, ya que hay muchas tiendas con venta de material de alta montaña. Muchas agencias de viajes con ofertas a lugares de la Patagonia argentina y chilena, al antártico y a otros lugares igualmente hermosos.

El ambiente en el hostal fue fantástico, los anfitriones muy amables y atentos. Sobra decir que me costó trabajo despedirme de ese lugar, los desayunos deliciosos, dignos de reconocimiento.

La comida en esa zona austral es espectacular: congrio, centolla, salmón, cordero, merluza, ostiones y una gran variedad de pizzas de gran sabor. La mayoría de las bebidas las adicionan con calafate, un fruto local parecido al durazno y con sabor fuerte.

El pueblo, al ser atractivo turístico, tiene cierto aire cosmopolita; es común encontrar turistas de todos los rincones del mundo, ávidos de aventuras en los glaciares y fiordos que abundan en la zona.

Las calles de Puerto Natales son limpias, bien trazadas, con basureros en cada esquina y espacio amplio para peatones y ciclistas. Me llamó la atención que los perros callejeros tenían casas en las calles y que los locales les daban de comer y cuidaban. La cultura vial de los ciudadanos es incomparable, siempre dando paso a los peatones y ciclistas, sin importar lo lejos que estuvieran de la calle. Ningún negocio maneja bolsas plásticas, todos utilizan materiales vegetales, como papel en sus envolturas.

El regreso a Oaxaca fue también muy largo, viajé el lunes a las 10:0 AM en bus a Punta Arenas, un poco mareado después de la carrera,  llegué al aeropuerto de Punta Arenas y de allí tomé el vuelo a Santiago de Chile, lugar al que llegué  ya entrada la noche. En el aeropuerto quedé esperando el vuelo a Lima, lugar al que llegué en la mañana, para de allí partir a la CdMX y posteriormente en bus a la ciudad de Oaxaca. El regreso fue una tortura, ya que no tenía sensibilidad en los pies y sentía frío y dolor. El reto se cumplió y estoy orgulloso de ello.

Que el miedo no te detenga…

El 14 de abril había una cita con uno de los eventos más duros del mundo en cuanto a trail running se refiere, tenía que estar allí, en la Patagonia Chilena, en uno de los lugares llamados el Fin del Mundo, cerca del estrecho de Magallanes.

En la junta previa nos indicaron que la ruta se había modificado por seguridad. Pocos corredores entendieron esto,  de hecho parecía que nos facilitaban las cosas. Al final la realidad superó nuestras expectativas. Me explico:

Siendo las 10:00 PM nos trasladaron del Centro de Puerto Natales al punto de inicio de la carrera, ubicado aproximadamente a 100k por carretera. Gracias a que Abdalá y Verónica, amigos de Hidalgo, habían rentado un auto, pudimos trasladarnos con un poco más de comodidad. Llegamos 10 para las 12 a nuestra cita, en un lugar llamado Estancia «El Kark», una pequeña cabaña en un lugar despoblado; el clima era agradable, quizás 6 grados. Parecía un ultra normal, como cualquier otro. El viento soplaba suave y el cielo estaba despejado. Decidí dejar algo de ropa en el auto y aligerar mi carga. En mi mochila Salomon solamente dejé una segunda capa Doité de plumas de ganso y un par de guantes de la misma marca, de primaloft. Iba con tenis La Sportiva Mutant, calcetines de lana, compresores Compresport, Lycra ¾ Salomon, primera capa Columbia, segunda capa de polar y tercera capa  Marmot; también llevaba dos buff y guantes de media caña con protector para dedos;  cangurera con algunas cosas de uso cotidiano: lámpara de emergencia, barras energéticas, halls, celular, etc. También llevé bastones, acertada decisión.

La mayoría de los corredores estaban concentrados en su inicio de carrera, cada uno en sus pensamientos para la carrera. El director de la carrera dio la salida puntual, faltando un minuto para la media noche. Un grupo de aproximadamente 80 corredores tomó la ruta hacia un destino que culminaría para la mayoría en más de 30 horas. En los primeros kilómetros comencé a correr al lado de quien sería mi compañero de carreras, Abelardo. La ruta en los primeros 20 km parecía como cualquier otro ultra, pasamos un río de aguas templadas, esta ruta fue sobre huellas de vehículos, con algunas cuestas pequeñas y desniveles poco significativos. Así llegamos al primer punto de abasto en un lugar llamado La Barca. Aquí sentía calor y llegué con contracturas en mis cuádriceps. La carrera apenas iniciaba y no podía cometer ningún error que a la larga me costara el abandono. Tomé mi kit de primeros auxilios que amablemente me dio el Dr. Efrén y encontré las Kinesio que me dio. Me las coloqué en los cuádriceps, esto ayudo a aliviar un poco el dolor y las molestias. Tomamos frutas, agua e inmediatamente seguimos en nuestra ruta. Mi plan de carrera incluía quedarme el menor tiempo posible en abastos para no enfriarme.

La ruta empezó a cambiar un poco, el camino fue convirtiéndose en una vereda con alguna dificultad técnica. Recordé que ese fue el lugar donde un día antes habíamos trotado. De día la ruta es espectacular, con el lago Toro del lado izquierdo y las Torres del Paine de telón de fondo. Lamentablemente de noche no se puede distinguir esta belleza. Después de algunas cuestas largas llegamos al segundo abasto, en el Mirador Grey, un punto espectacular. Allí comí algunas frutas y guardé una manzana ya que el recorrido iba a ser largo hacia el otro punto.

Cruzamos una carretera y nuevamente por un camino relativamente sencillo, comenzamos a subir en poco tiempo la ruta se volvió espectacular ya que iba por veredas en un bosque digno de la película del Rey de los Anillos. En esta zona es evidente que la naturaleza es un monstruo, ya que los árboles crecían torcidos en su totalidad y era común encontrar troncos deformes. El paisaje era hermoso y estaba coronado por una luna brillante y única en esta zona Austral. Esta luna me acompañó y platiqué con ella por mucho tiempo hasta casi llegar al amanecer.

Al darme cuenta de la hora, casi las ocho de la mañana me preocupé por el horario de Corte en Hotel del Paine, a 50k, uno de los puntos donde tenía un drop bag. Faltaban 10k aproximadamente. En este punto comencé a sentir frío y me di cuenta de que mi segunda capa estaba mojada por el sudor. En cierto punto del recorrido Abel se percató que ya se veía en un valle el Hotel del Paine, así que aceleró el paso, yo traté de seguirlo por veredas llenas de vegetación. Se me hizo complicado ya que mi cabeza golpeaba con ramas. Había una ligera caída de copos de nieve y el frío ya era evidente.

Finalmente llegamos a buena hora a este lugar. El canto de sirenas se notaba en el ambiente, una estancia calefactada, que contrastaba con el frío exterior, viandas abundantes, agua, jugos, leche, sofás para reposar, varios corredores que me había adelantado antes, se encontraban profundamente dormidos. Tomé mi drop bag e hice cambio de calcetines, dejé la cangurera, y la segunda capa polartec, comí abundante jamón y salame, sopa, café, etc. Y apuré a Abel para que a la brevedad saliéramos de ese lugar.

Al estar en esta estancia, previo a nuestra salida, vi llegar a Mario y Arturo, quienes se veían cansados y desvelados. Platicamos poco, reímos y cada quien siguió con su carrera.

Justo al salir a la ruta de nuevo, sentí un frío intenso, así que entré a una caballeriza y me coloqué la segunda capa de plumas de ganso, con lo que me sentí confortable de nuevo. Después de dos kilómetros, comenzaron a alcanzarnos los corredores de 100k, lo cual hizo muy lenta mi carrera, ya que les daba paso por venir más rápido (ellos apenas comenzaban). Se sorprendían al ver en mi carnet la distancia que estaba corriendo. Toda la mañana transcurrió entre veredas que serpenteaban y evitaban los fiordos, en un clima que, a pesar de que la mañana avanzaba, se sentía más hostil. Llegamos a una subida de aproximadamente tres kilómetros, en el que el desnivel fue brutal, a ritmo lento, en ocasiones rebasando a algún corredor, y en otras siendo alcanzado por alguno.

Al terminar esta bestial subida, el panorama cambió por completo. La cara más dura del Ultra Fiord apenas asomaba tímidamente. Una montaña sin vegetación y con viento y granizo pequeño era el presagio de lo que seguía. En este punto había un control que debido al clima estaba resguardado en su casa de campaña. Me detuve el menor tiempo posible. En este punto, saqué mis guantes de frío, ya que mis dedos comenzaban a perder sensibilidad.

Los próximos 8 km. fueron sin duda los más duros de la carrera: la nevada, ráfagas de viento y la proximidad de los glaciares hicieron que la sensación térmica fuera de -15 grados. La ruta era interminable, pero yo tenía la determinación de no detenerme en esta zona, ya que el frío calaba incluso al caminar y estar bien protegido. Tomé pocas fotos en este punto ya que no podía manipular el celular y la Gopro se descargó por el frío. Estuve a punto de caer entre las piedras, por fortuna pude mantener el equilibrio en esta zona.

Ya entrada la tarde el panorama comenzó a cambiar, ya se distinguía una vegetación increíble, un bosque con tonos rojos, amarillos y verdes coronado por una capa blanca. La zona en que la nieve comienza a ceder es intransitable. Mis cuádriceps sufrieron mucho pues el terreno tenía mucho desnivel y estaba lleno de un lodo que hacía imposible apoyar el pie. Estoy seguro que todos los corredores resbalamos en esta zona. Pasamos algunos ríos producto del deshielo de los glaciares, que asombrosamente estaban a buena temperatura. Aproveché para hidratarme y probar una de las aguas más puras del planeta. El camino dejó de ser tortuoso para complicarse más. Las veredas eran zonas llenas de lodo hasta las rodillas, la sensación de pisar y que el pie se vaya al fondo en medio de una mezcla de barro helada es desagradable, los bastones no encontraban fondo y en este punto había raíces abajo. Todo esto complicó mucho transitar por estos aproximadamente 5 km. En un punto del camino un español estaba atorado hasta la cintura en el lodo. No podía salir así que lo jalamos suavemente hasta que pudo pisar «tierra firme».

Abelardo ya iba muy cansado, con dolores en las rodillas por lo que se le dificultó mucho atacar las cuestas que aparecían a menudo.

Una buena parte del recorrido transcurría ahora al lado de un río de aguas de color azul, producto del deshielo. Así como bajo una importante caída de copos enormes de nieve. El ambiente en general era blanco.

Llegamos a un punto de abasto que se llamó «El Bosque». En este lugar estaba solo una persona preparando sopa, y muchos corredores esperando alrededor de la fogata. Tuvimos suerte porque justo cuando llegamos, ya estaba lista y la estaban sirviendo. Hacía mucho frío y esta sopa nos reanimó.

No tenía idea de la distancia que llevaban mis piernas, pero ya el cansancio era evidente. La cara hostil de la Patagonia aún nos deparaba algunas sorpresas. La siguiente parte del recorrido se hizo por un ecosistema llamado «turba», que es una capa vegetal milenaria, que no se descompone debido a las bajas temperaturas y a la acidez del agua en la que reposan. Era una sensación extraña pisar esta especie de alfombra y sentir que los pies se hunden en un agua helada.

A medida que la tarde se transformaba en noche, el frío ya hacía estragos en mi cuerpo desgastado por la carrera. Por fortuna, aparentemente lo más duro de la carrera había quedado atrás. Sin embargo ahora era cuestión de soportar a mis dos nuevos enemigos: el cansancio y el sueño. Después de varias horas en las que recuerdo en realidad poco.

Después de muchas veredas, llegamos a la estancia «Perales», lugar donde estaba la segunda drop bag. Aquí cambié de calcetas de nuevo, comí una sopa de chícharos con huevo o algo así, que me supo de maravilla, pero que quizás no la vuelva a comer.

Aparentemente lo que faltaba de la ruta era más sencillo. Pero no fue así, en realidad para mí fue muy difícil, iba tan cansado que trotando me quedaba dormido. Mi lámpara comenzó a avisarme de la falta de baterías y aún faltaban algunas horas para amanecer. Para colmo la lámpara de Abel quedó sin carga. Con lo que nuestro recorrido se complicó. Llegó un momento en que lo perdí o él me perdió por lo que cada uno terminó la carrera en tiempos distintos.

En un punto de control a 20 km. de la meta había paté de cerdo, sin pensarlo, devoré dos paquetes. Debo admitir que no me gusta, pero la necesidad de grasa era más fuerte.

Ya sentía mucho frío por efecto del desgaste del cuerpo, así que saqué mi manta térmica y me abrigué con ella, el viento era tan fuerte que comenzó a rasgarla. Terminó hecho añicos.

En ocasiones trastabillaba por el sueño, me sentía en realidad agotado, pero tenía que terminar. Al comenzar a amanecer comencé a ver las luces de la ciudad cada vez más cerca. Esto me motivó e hizo que en ocasiones acelerara el paso por momentos, hasta llegar a la zona de asfalto, en el que un japonés me entrevistó. A partir de allí faltaban solamente cinco kilómetros para concluir esta odisea. La lluvia y la nieve me acompañaron en este último tramo.

Llegar a la meta es una sensación rara, aquí no había música, gente y tampoco cámaras. Pasé el arco e inmediatamente un jovencito bajó de una camioneta, me dio mi medalla, me felicitó y regreso corriendo a resguardarse del inclemente clima.

Los periodistas de NHK me hicieron una entrevista después de cruzar la meta, recuerdo que les mostré la foto de mis hijas. Estaba feliz de haberlo logrado, fue una experiencia de vida sin duda alguna. El cuerpo humano no tiene límites. Nuestra mente es increíble. Me fui al hostal, tomé un baño caliente y reposé un rato. A la naturaleza se le debe respetar, ya que es un entorno mágico que puede ser hostil en cualquier momento. Sin duda participar en este trail que se convirtió en carrera de sobrevivencia es una experiencia de vida.

¿Lo volveré a hacer?

Ruben Toledo
Ultramaratonista mexicano

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